Crónicas del Mundial Tercera Entrega 19 de Junio

VOLVIÓ LA EMOCIÓN. URUGUAY VOLVIÓ A SER URUGUAY. PUSIERON TODO. MOSTRARON VERGÜENZA. AMOR PROPIO. DIGNIDAD. MOSTRARON LA ACTITUD QUE HA PUESTO A URUGUAY EN EL LUGAR DE RESPETO QUE SE HA GANADO A LO LARGO DE LA HISTORIA. URUGUAY MOSTRÓ QUE NUNCA SE DA POR VENCIDO.

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Si Uruguay hubiera perdido jugando como jugó, me hubiera quedado contento de todas formas. Así sí, así se entra a una cancha de fútbol. Dispuestos a dejar todo lo que hay dentro. No dándose por vencidos ni aún vencidos.

Suarez forjó un milagro. Mostró que el respeto que se ha ganado en Inglaterra es una realidad. Suarez es un monstruo, es un grande. Les mostró a los ingleses que tenían razón, que si le daban un centímetro les iba a meter un gol, pero le dieron dos centímetros.

Sinceramente me equivoqué creyendo que el equipo que vimos ante Costa Rica era Uruguay. Era un espectro de lo que hay en realidad debajo de la camiseta celeste, la más rebelde del planeta fútbol.

Gracias a Dios me equivoqué. Hay algo. Hay una mística que no es fantasía, hay un corazón que no cabe en el pecho de todo el mundo, pero cabe, como hecho de medida, en el de los jugadores celestes.

Ahora sí podemos estar tranquilos, la furia salió para afuera. Salió para dejar a los ingleses fuera del mundial. No tengo más expectativa que la dejarme sorprender por la furia celeste, por las ganas que no se acaban porque los adversarios sean grandes.

Se rompió el hechizo. Vamos a seguir creyendo que somos capaces de luchar. Si eso sucede hay expectativas. ¡Vamos Uruguay!

 

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Segunda Crónica del Mundial 14 de Junio 2014

Tamos en el horno:

Ivan Eginsson Eysturland, el hincha de Uruguay de las islas Faroe ha desaparecido. La última vez que lo vieron fue corriendo hacia el acantilado donde filmó el comercial de OCA.

Después de ver el debut de Uruguay y con el partido que están jugando Inglaterra e Italia la única forma que le queda a Uruguay de mantener cierta dignidad es declarando una epidemia de fiebre amarilla en la concentración y venirse, lo antes posible, de vuelta a casa.

La culpa la tienen los periodistas deportivos que nos sacan filo como a una cuchilla, nos emocionan y nos hacen caer en la trampa. El técnico de Costa Rica dijo que la táctica de su equipo estaba basada en la lentitud de los uruguayos. ¡Me quiero matar!

¿Y Coca Cola? … “es una señal”. ¡Qué señal ni señal! La señal es el resultado del debut.

Es todo un disparate, entramos al trapo como un toro. El éxito del 2010 fue gracias a que no teníamos ninguna expectativa; el Uruguay no se lleva bien con las expectativas. Nuestro juego es inversamente proporcional a las expectativas. El partido de hoy lo demuestra claramente.

¿Y qué me cuentan del pobre fisioterapeuta de Inglaterra? Cuando Sturridge metió el gol del empate, saltó y se rompió el tobillo. Es joda.

Acaba de meter un gol Balotelli!!!!

A ver… el tema es ya, hoy mismo!!! Hay que declarar zona de emergencia a la concentración de Uruguay. Fiebre Amarilla!!! Que todos los que están ahí sean trasladados, de forma urgente, al aeropuerto más cercano y, aunque fueran en un avión militar, los tienen que mandar de vuelta a casa. No tenemos ninguna chance de salvar nuestra dignidad de otra forma. Prefiero que el planeta hable de la mala suerte y hasta, quizás, crean que el mal desempeño contra Costa Rica fue por una cuestión pre sintomática.

Como esta crónica es absolutamente subjetiva no tengo porqué, ni ganas de comentar ningún otro partido del mundial. Es más, perdí total interés por el mundial. España, mi segunda patria, marchó cruelmente, 1 a 5. Uruguay, la primera, 1-3 pero contra Costa Rica (la gente creía que allí no jugaban al fútbol).

¿Viste cuando vas caminando por la cinta mecánica en los aeropuertos? Vas a una velocidad fenomenal comparado con los que caminan nomás. Cuando veo los ida y vuelta del partido de Inglaterra e Italia parecería que corrieran por esas cintas. Van a tal velocidad que me sigue pareciendo que la Fiebre Amarilla es la única solución. “Tamos en el horno”.

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-Primera crónica del mundial- 12 de junio de 14

¿Si un defensa brasileño le hubiera cometido la misma falta a un croata dentro de su área, el japonés hubiera cobrado penal?

¿Si el codazo que le pegó Neymar a Modric, lo hubiera pegado un croata a un brasileño, lo hubiera echado?

Esas son las preguntas que me quedan en la cabeza después de ver la inauguración del mundial.

Me encantó Croacia. Me parecieron tipos con mucha carácter y seguramente clasificarán en el grupo. Se lo merecen. Los brasileños son una muestra clara de la situación social de Brasil. Injusta y desigual.

Como todos, hace días que espero el mundial. A las 3 y pico de la tarde me acomodé frente al televisor, estufa prendida, coca cola despidiendo burbujitas en sentido vertical, el Marqués echado frente al calorcito del fuego, Alejandra haciendo preguntas insólitas, todo preparado para ver una fiesta inaugural inigualable considerando la fama del carnaval brasileño. El resultado me dejó con ganas de más. Una inauguración descafeinada, la J Lo con mejor figura de lo esperado, pero nada de lo que había imaginado. Pensé que habían apurado la fiesta para darle paso al plato fuerte, el partido, pero éste también me decepcionó.

Brasil me pareció un cuadro más. No vi al futuro campeón en la escuadra canariña. Sin embargo, Croacia superó mis expectativas. Mostraron un gran carácter, una gran disciplina y son mucho más aguerridos de lo que cualquier periodista deportivo advirtió en el manojo de futurismo arrojado antes del punta pié inicial.

¡Qué quilombo hay en Brasil! Se nota que la cosa no está siendo muy favorable con la Dilma Rouseff.

Me acabo de enterar por la televisión que Nishimura no seguirá arbitrando en el mundial. Esto sería lo justo si Nishimura no fuera japonés. ¡Ojo que con los japoneses no se jode! Si el samurái se siente ofendido en su honor puede cometer una locura. No sigan diciendo que fue un chanta. Estos epítetos se les pueden decir a los argentinos, a los uruguayos, a cualquier sudamericano, europeo o africano, pero no a un japonés. A ver si tenemos un drama mundial.

Hagamos borrón y cuenta nueva, no sigamos echándole la culpa al pobre Nishimura, que quizás sea pariente de Nishikori por parte de los Nishi, porque el hombre no se debe estar sintiendo nada bien. ¿Se imaginan ver en la tele mil veces la repetición del penal donde el brasilero se tira al piso sin que nadie lo toque, y ver a Neymar pegándole un doble codazo a Modric y darse cuenta del error, una y otra vez?

Si fuera por mi, a Nishimura lo dejarían en el mundial, es más, lo pondría de árbitro de la final. Estoy seguro que un japonés de ley, como debe ser, no cometería dos veces el mismo error. La humanidad mostraría una señal de evolución si, en vez de castigarlo mandándolo de vuelta a casa, apoyara al nipón en un momento como éste.

El que no me gusto de verdad, y con él no corremos los mismos riesgos que con el japonés, fue Luiz Felipe Scolari; se pasó todo el tiempo incordiando al cuarto árbitro con errores del juez y después del partido cuando le preguntaron si creía que el penal fue penal contestó: – si el juez cobró penal, para nosotros fue penal-. ¿Qué hacías protestando, chantún?

Bueno, termina la crónica del primer partido del mundial. Mañana juega mi país de adopción contra Holanda. Partidazo si los hay. El sábado tenemos el debut de Uruguay. Semana agotadora si las hay.

Me despido hasta mañana con las crónicas del mundial, una visión desde un punto de vista muy personal.

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El Faro

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Estábamos sentados en el porche de la casa de la Pedrera mirando las luces tintineantes de la Paloma, señal de buen tiempo o mal tiempo; nunca se sabrá. A veces Mamá decía que eran señal de buen tiempo y  a veces de mal tiempo.

El cielo estrellado, el barullo del mar, y la tranquilidad del lugar favorecían una charla filosófica, de esas que los padres y los hijos tienen pocas ocasiones de hablar.

El viejo ya había cumplido 90 años, y a mí siempre me angustió saber cómo se sentía de ser, al menos cronológicamente, un anciano. Me preocupaba saber si lo vivía con angustia o, si por el contrario, lo tomaba como algo natural, en paz.

Los dos mirábamos hacia el oeste como hipnotizados por la intermitencia del ramillete intercalado de luces ámbar y blancas, que latían como un ser viviente.

Estábamos en silencio.

En un momento interrumpí la quietud – Papá, ¿vos estás en paz? ¿Te angustia la vejez?-

Se quedó quieto un rato sin dejar de mirar hacia lo lejos y, después, dijo sin mirarme:

–   ¡qué fantásticos son los faros! Son la confirmación, para los marinos que van en la ruta correcta. Navegan confiando en sus instrumentos, pero ellos, refiriéndose a los faros, les dan la tranquilidad de que vienen bien, son la confirmación de que los instrumentos los llevaron por la buena ruta. Los faros son la referencia necesaria para confirmar la buena navegación.

Nos quedamos en silencio mientras el faro de La Paloma, con sus ciclos, daba señales tranquilizadoras de que íbamos por el buen camino.

Nunca sabré porque me contestó así. Nunca sabré si estaba hilando una conversación o si fue una reflexión aislada. Pero la respuesta de Papá, aquella noche estrellada en La Pedrera, me dio mucho más paz de la que podría haber esperado.

Raúl Rodríguez, 14 de febrero de 2014

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Meditación

 

 

 

Según Elizabeth Gilbert autora del libro: Comer, Rezar y Amar, los pensamientos son como monos que van saltando de rama en rama y sólo paran para mear o comer cacahuetes.

La meditación es la treta por la que se distrae a los monos y se puede experimentar la paz de la quietud.

Cualquier expectativa de experiencia mística, evitará que ocurra.

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No más casamientos

Hace 10 años que me fui del Uruguay y volví hace un mes. Ayer estuve en un casamiento donde vi, con horror, como la gente de mi generación sufrió la decadencia implacable del tiempo. Es evidente que de los 45 a los 55 se manifiesta el envejecimiento de forma galopante.

En varias oportunidades me encontré con algún gordo pelado de sienes grises que, como un cristo abría los brazos invitándome a un abrazo, al tiempo que decía desde una sonrisa emocionada –¡Rulo querido!-. En ese instante se disparaba un proceso dentro de mi mente con la misión de ponerle nombre al personaje que dejé hace 10 años con pelo y 75 kgs.  Esto no me pasó ni una ni dos veces, sino muchas más.

La situación me hizo cuestionar mi aspecto actual. ¿Será que a mi me ha ocurrido la misma metamorfosis?

Quiero creer que no. Espero haberme mantenido con un razonable parecido con lo que era hace 10 años. No me imagino estar metido dentro de un cuerpo que ha mutado a mis espaldas mintiéndole al espejo descaradamente durante tanto tiempo.

No recuerdo estar parado delante de nadie que me dijese: -¿vos quién sos?-. En general todo el mundo me ofreció el saludo de forma generosa. Parecerá poco pero me alivia.

Puede que esto resulte algo insultante de mi parte, quizás alguno piense que es desubicado hacer este tipo de observaciones. Pero no puedo evitar el impacto que me produjo ver tanta gente en proceso de mutación colectivo.

Piensen un instante. No es fácil para una persona cortar la película y seguirla una década después. ¡Y con los mismos actores! Evidentemente no cabe en la expectativa de nadie que sigan jóvenes y cuarentones a los cincuenta y largos. Pero tampoco preví que el ser humano se fuera a modificar de tal manera en tan poco tiempo.

Claro, es evidente que la mente de los que se fueron pretende retomar la realidad de la misma forma que la dejó. Y es de esperar que el tiempo nos pase a todos. Pero el shock es tremendo.

Por eso mismo no iré a ningún casamiento más. No quiero saber nada de toparme con una generación entera de mutantes.

De ahora en más tendré que decidir si me quedo con los recuerdos que, aunque irreales, son agradables o, si por el contrario asumiré la realidad. Si la realidad es la opción, hago hincapié en que tiene que ser con dosificación. No es humanamente asimilable todo junto, de golpe, de una sola vez. No más casamientos.

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¿56?

La pesada puerta verde se abrió dejando entrar un blanquísimo rayo de luz y la delgada figura de una mujer. Pidió permiso con una sonrisa de oreja a oreja y se sentó cerca mío. Francisca siempre sonreía.

– Aprovecho que estás acá para rellenar los formularios -. Me dijo con voz baja como un secreto. Pero nada atrae más el interés que los secretos. Todos quedaron en la copla.

Las Rossi se reían todas. Andrea tenía algo de la gioconda, aún cuando no reía sus labios reían. María Clara es un poco más sería pero cuando cierro los ojos y traigo sus recuerdos siempre la imagino riendo. Isabel y Florencia podrían ser serias en el silencio pero eran de risa fácil en la conversación. Supongo que lo heredaron de José Luis, su padre. Mi tío, era de esos tipos que sonríen con los ojos y la boca. Era filósofo. Sus palabras nunca eran livianas. Sus frases alojaban infinitas reflexiones. Bien masticadas, digeridas y valoradas.

Fui rellenando el formulario hasta que llegué al cuadro de la edad. Creo que el cálculo lo hice 20 veces esta año. Nacido en el 56 tenía que cumplir 55 años. La frontera entre la parte más cerca de 50 y la que se acerca más a 60. Una edad jodida.

–   Pará nene-, me dijo cariñosamente. ¡Cumplís 56, no 55!

-¿¡Cómo 56!?- dije en un sobresalto.

En un segundo mi querida prima destruyó un año entero de malas matemáticas pero feliz ignorancia.

-¡¡56!!- grité con la mirada perdida. No lo podía creer. Cumpliría 56 años en unos días. -Ya voy a estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta, pensé.

Todavía puedo escuchar el eco se sus carcajadas. – si yo cumplo 56 este año…- decía, y se partía de risa.

Parece mentira que un segundo de iluminación signifiquen tanta oscuridad en mi alma. Siento el eco de la angustia por todos los rincones de mi ser.

Una carcajada fue el sonido ambiente cuando me tomé conciencia de mi real edad. Ya no soy un joven adulto, ahora pasé a ser un mayor joven.

Nunca olvidaré ese pestillo dorado bajando lentamente y la puerta verde avanzando para dejar entrar a mi prima Francisca. Si no hubiera venido quizás hubiera tenido un año más de 55 años. Un año más donde hubiera seguido estando del lado de los jóvenes.

La vida es un frágil equilibrio lleno de pequeñas incidencias que pueden amargar un año entero, por pura casualidad.

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