El Retorno

Hace unos días empezamos a emprender el retorno, con todo lo que ello significa. Ayer, sin ir más lejos, me encontré que mi cepillo de dientes y mis pequeños frasquitos estaban sueltos como sobrevivientes en una isla del Pacífico. Alejandra ya había empacado mi cajita de baño; ahora temo por mis camisas y pantalones, sin los que no me dejarán embarcar siquiera.

Ayer de mañana, en el desayuno no había manteca.

-¡Para qué voy a comprar manteca si nos vamos el 25 de noche!- me dijo el lunes 13 de agosto, profetizando unos doce días de hambruna organizativa.

 

Los nervios crecen como pasto regado. Cada movimiento, pestañeo de ojos, silencio o gesto, genera un chisporroteo instantáneo. Hasta el Marqués está de mala uva. Ayer atacó a otro perro, pero esta vez fue a uno más chico que él.

-“Esta vez, al menos, no saliste mordido”- me consoló Alejandra..

Tenemos más valijas que la caravana de Alibabá. No sé cómo vamos a hacer para embarcar todo sin quedarnos sin fondos en el banco. Llevamos tantos bultos que me da temor mandar al Marqués a la bodega y quedarnos con un ventilador a nuestros pies en el avión.

Pero bueno, así es la vida. Cuando veo embarcar a los pasajeros que van a África me tranquilizo. Al menos veo que es posible que la gente salga de un lugar y llegue a otro con enormes cantidades de cosas que, probablemente, son solo una pequeña parte de lo que hubieran querido haber llevado.

-¿Y la alfombra, y el sillón; cuándo vamos a llevar todo lo que dejamos atrás?- me pregunta Alejandra clavándome los ojos como dos cuchillos celestes.

Pero no tengo respuestas a sus preguntas ni preguntas para sus respuestas. Estoy en el medio de la nada, haciéndome cada vez más creyente y apostando, como un ludópata, a un Dios trasportista que se haga cargo de todo.

Dicen que el peor estrés después de la muerte son las mudanzas, y que son el principal motivo de divorcio.  Ya lo veremos.

La cosa es que aquí estamos, en Madrid, muertos de calor, rodeados de valijas que se van hinchando como vacas muertas en el campo, balanzas exagerando kilos, una computadora que no sabemos cómo podremos ingresar al Uruguay (el peor de todos los problemas) y un perro que nos mira diciendo: “qué carajo está pasando en esta casa”-.

– Nos vamos para Uruguay, Marqués-  digo intentando poner un poco de onda, con cara de pelotudo y voz de ñe-ñe-ñe, pero no surte efecto. Estamos demasiado abrumados por el estrés que nos ha caído encima con el viaje de retorno a la queridísima patria que nos parió.

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