Montevideo, que limpia te quiero.

Con la cantidad de basura que he visto desde que llegué a Montevideo, podría hacer una montaña más alta que la Sierra de las Ánimas; podría rellenar el mar sin necesidad de hacer las escolleras para el puerto de aguas profundas que tanto alboroto e indigestión le está causando a las gentes de Rocha. La ciudad parece un patio abandonado habitado por zombies roñosos que nada les importa el aseo ni la prolijidad. O lo disimulan muy bien.

Estamos en guerra entre los privados y los públicos que, como una torta con royal, han levado hasta hacerse con el poder. La pequeña masa de privados, víctimas de la mayoría aplastante (en sentido literario) de empleados públicos, ya no tienen más recursos que la resignación.

Fíjese, decía un señor el otro día, que el 85% de nuestros impuestos pagan la nómina de la intendencia y un raquítico 15% va para obras públicas. ¡Como no va a ser una mugre la ciudad!

-Es un mamarracho, antes las cosas no eran así- decía un vecino en la puerta de su casa agitando el brazo libre mientras con el otro, con una habilidad inescrutable, sostenía el termo y el mate.

– La gente no aguanta más tanto abuso- agregaba terminando con la boca en pico de pájaro buscando la bombilla que le esquivaba.

No sé ni porqué me preocupo. Si parece ser un problema sin solución. El que le prometa continuidad a los públicos seguirá en el poder sin que nadie le compita, y mientras les prometan van a tener que cumplir. Como dicen los españoles, es la pescadilla que se come la cola.

Es un sin sentido. Las minorías privadas tienen que sostener el empleo de las mayorías burocráticas del estado para asegurar un servicio ineficiente.

El sueño dorado de uruguayo medio, el empleo público, se ha transformado en el talón de Aquiles de la viabilidad nacional. Unos pocos laburan y pagan impuestos para mantener a inútiles crónicos que, atados a sus puestos, se niegan a asumir la realidad.

Imagínese, una señora jubilada, con ingresos reducidos, manteniendo al jardinero, la cocinera, la ama de llaves y a la limpiadora, herencia de las épocas pasadas, porque en su contrato había una cláusula de inamovilidad. Y para colmo el jardinero está en huelga por reclamos salariales, la cocinera está en huelga por reclamos de mejora en las condiciones de trabajo, la limpiadora ídem, y la ama de llaves no va desde hace tres meses por baja médica. Pero no puede echar a nadie ni reducir el presupuesto. – ¡que aumente los ingresos!- reclaman los afectados (afectados por un egoísmo institucionalizado disfrazado de comunismo anacrónico).

Con ese escenario el Uruguay comienza el nuevo siglo XXI.

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