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El Faro

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Estábamos sentados en el porche de la casa de la Pedrera mirando las luces tintineantes de la Paloma, señal de buen tiempo o mal tiempo; nunca se sabrá. A veces Mamá decía que eran señal de buen tiempo y  a veces de mal tiempo.

El cielo estrellado, el barullo del mar, y la tranquilidad del lugar favorecían una charla filosófica, de esas que los padres y los hijos tienen pocas ocasiones de hablar.

El viejo ya había cumplido 90 años, y a mí siempre me angustió saber cómo se sentía de ser, al menos cronológicamente, un anciano. Me preocupaba saber si lo vivía con angustia o, si por el contrario, lo tomaba como algo natural, en paz.

Los dos mirábamos hacia el oeste como hipnotizados por la intermitencia del ramillete intercalado de luces ámbar y blancas, que latían como un ser viviente.

Estábamos en silencio.

En un momento interrumpí la quietud – Papá, ¿vos estás en paz? ¿Te angustia la vejez?-

Se quedó quieto un rato sin dejar de mirar hacia lo lejos y, después, dijo sin mirarme:

–   ¡qué fantásticos son los faros! Son la confirmación, para los marinos que van en la ruta correcta. Navegan confiando en sus instrumentos, pero ellos, refiriéndose a los faros, les dan la tranquilidad de que vienen bien, son la confirmación de que los instrumentos los llevaron por la buena ruta. Los faros son la referencia necesaria para confirmar la buena navegación.

Nos quedamos en silencio mientras el faro de La Paloma, con sus ciclos, daba señales tranquilizadoras de que íbamos por el buen camino.

Nunca sabré porque me contestó así. Nunca sabré si estaba hilando una conversación o si fue una reflexión aislada. Pero la respuesta de Papá, aquella noche estrellada en La Pedrera, me dio mucho más paz de la que podría haber esperado.

Raúl Rodríguez, 14 de febrero de 2014

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Meditación

 

 

 

Según Elizabeth Gilbert autora del libro: Comer, Rezar y Amar, los pensamientos son como monos que van saltando de rama en rama y sólo paran para mear o comer cacahuetes.

La meditación es la treta por la que se distrae a los monos y se puede experimentar la paz de la quietud.

Cualquier expectativa de experiencia mística, evitará que ocurra.

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No más casamientos

Hace 10 años que me fui del Uruguay y volví hace un mes. Ayer estuve en un casamiento donde vi, con horror, como la gente de mi generación sufrió la decadencia implacable del tiempo. Es evidente que de los 45 a los 55 se manifiesta el envejecimiento de forma galopante.

En varias oportunidades me encontré con algún gordo pelado de sienes grises que, como un cristo abría los brazos invitándome a un abrazo, al tiempo que decía desde una sonrisa emocionada –¡Rulo querido!-. En ese instante se disparaba un proceso dentro de mi mente con la misión de ponerle nombre al personaje que dejé hace 10 años con pelo y 75 kgs.  Esto no me pasó ni una ni dos veces, sino muchas más.

La situación me hizo cuestionar mi aspecto actual. ¿Será que a mi me ha ocurrido la misma metamorfosis?

Quiero creer que no. Espero haberme mantenido con un razonable parecido con lo que era hace 10 años. No me imagino estar metido dentro de un cuerpo que ha mutado a mis espaldas mintiéndole al espejo descaradamente durante tanto tiempo.

No recuerdo estar parado delante de nadie que me dijese: -¿vos quién sos?-. En general todo el mundo me ofreció el saludo de forma generosa. Parecerá poco pero me alivia.

Puede que esto resulte algo insultante de mi parte, quizás alguno piense que es desubicado hacer este tipo de observaciones. Pero no puedo evitar el impacto que me produjo ver tanta gente en proceso de mutación colectivo.

Piensen un instante. No es fácil para una persona cortar la película y seguirla una década después. ¡Y con los mismos actores! Evidentemente no cabe en la expectativa de nadie que sigan jóvenes y cuarentones a los cincuenta y largos. Pero tampoco preví que el ser humano se fuera a modificar de tal manera en tan poco tiempo.

Claro, es evidente que la mente de los que se fueron pretende retomar la realidad de la misma forma que la dejó. Y es de esperar que el tiempo nos pase a todos. Pero el shock es tremendo.

Por eso mismo no iré a ningún casamiento más. No quiero saber nada de toparme con una generación entera de mutantes.

De ahora en más tendré que decidir si me quedo con los recuerdos que, aunque irreales, son agradables o, si por el contrario asumiré la realidad. Si la realidad es la opción, hago hincapié en que tiene que ser con dosificación. No es humanamente asimilable todo junto, de golpe, de una sola vez. No más casamientos.

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¿56?

La pesada puerta verde se abrió dejando entrar un blanquísimo rayo de luz y la delgada figura de una mujer. Pidió permiso con una sonrisa de oreja a oreja y se sentó cerca mío. Francisca siempre sonreía.

– Aprovecho que estás acá para rellenar los formularios -. Me dijo con voz baja como un secreto. Pero nada atrae más el interés que los secretos. Todos quedaron en la copla.

Las Rossi se reían todas. Andrea tenía algo de la gioconda, aún cuando no reía sus labios reían. María Clara es un poco más sería pero cuando cierro los ojos y traigo sus recuerdos siempre la imagino riendo. Isabel y Florencia podrían ser serias en el silencio pero eran de risa fácil en la conversación. Supongo que lo heredaron de José Luis, su padre. Mi tío, era de esos tipos que sonríen con los ojos y la boca. Era filósofo. Sus palabras nunca eran livianas. Sus frases alojaban infinitas reflexiones. Bien masticadas, digeridas y valoradas.

Fui rellenando el formulario hasta que llegué al cuadro de la edad. Creo que el cálculo lo hice 20 veces esta año. Nacido en el 56 tenía que cumplir 55 años. La frontera entre la parte más cerca de 50 y la que se acerca más a 60. Una edad jodida.

–   Pará nene-, me dijo cariñosamente. ¡Cumplís 56, no 55!

-¿¡Cómo 56!?- dije en un sobresalto.

En un segundo mi querida prima destruyó un año entero de malas matemáticas pero feliz ignorancia.

-¡¡56!!- grité con la mirada perdida. No lo podía creer. Cumpliría 56 años en unos días. -Ya voy a estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta, pensé.

Todavía puedo escuchar el eco se sus carcajadas. – si yo cumplo 56 este año…- decía, y se partía de risa.

Parece mentira que un segundo de iluminación signifiquen tanta oscuridad en mi alma. Siento el eco de la angustia por todos los rincones de mi ser.

Una carcajada fue el sonido ambiente cuando me tomé conciencia de mi real edad. Ya no soy un joven adulto, ahora pasé a ser un mayor joven.

Nunca olvidaré ese pestillo dorado bajando lentamente y la puerta verde avanzando para dejar entrar a mi prima Francisca. Si no hubiera venido quizás hubiera tenido un año más de 55 años. Un año más donde hubiera seguido estando del lado de los jóvenes.

La vida es un frágil equilibrio lleno de pequeñas incidencias que pueden amargar un año entero, por pura casualidad.

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B. El Aceitoso

Salí de casa con ese tipo de tranquilidad que sólo puede anticipar a una gran tormenta. Las cosas ocurrían como dentro de un plan predeterminado. Conduje calmo y sin apuro, como si supiera que tenía que ir hacia un destino ineludible. Cuando llegué a la esquina de la Rambla y Ejido, sin saber porqué, saqué el calibre 38 que llevaba en la guantera y lo amartillé. Unos segundos después, el vidrio del acompañante estalló en un estruendo y, antes que los pedazos de vidrio cayeran, disparé sin saber a quien.

El cuerpo del tipo sin vida quedó sobre el techo de un coche. La mujer que manejaba salió a toda velocidad, horrorizada, desparramando el cuerpo que rodó varios metros por la calle. El agujero de la bala parecía un rubí en medio de la frente, y la expresión de sorpresa permanecía dibujado en su cara. Yo seguía calmo como si el plan aún no hubiera llegado a su fin.

Enseguida llegaron dos muchachones de unos 18 ó 20 años, gritando y maldiciendo.

Me bajé del coche y me acerqué. Pare ese entonces ya había un gran número de personas rodeándolos y mirando la escena con horror. Los dos compañeros del muerto gritaban y sacudían el cadáver como queriendo despertarlo de una mala broma.

Uno de ellos lanzó una mirada amenazadora sobre la multitud que lo rodeaba y echó mano a su cintura para sacar una pistola que tenía en la parte trasera del pantalón, sujetada contra el cuerpo por el cinturón. La gente dio un paso atrás pero yo avancé con el revolver apuntándole a la sien. El estruendo fue ensordecedor, un agujero del tamaño de una moneda desapareció debajo de un manantial de sangre oscura. Y sin mediar palabra, le pegué un balazo al tercero entre los ojos. Los tres quedaron apilados en medio de la calle como celebrando la fiesta de su rapiña frustrada.

Nadie dijo nada. Lentamente todos los conductores volvieron a sus vehículos y, al cambiar la luz, todos avanzamos como si nada hubiera pasado.

Cuando pasé de vuelta, el lugar estaba limpio. Apenas había una mancha oscura sobre el asfalto.

Las noticas de la noche mencionaron un ajuste de cuentas entre narcos. Los muertos tenían múltiples entradas a la cárcel y varios asesinatos en su expediente delictivo.

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Paranoia

Una angustia inquieta se ha apoderado de mí. Hoy se escapó el perro y Papá  no se dio cuenta. La fortuna hizo que Inés, que en ese momento volvía de comprar vino, lo viera en medio del jardín.

Como si me hubieran expulsado del presente y ahora estuviera exiliado, muy a mi pesar, en un futuro, me siento cargado de preocupación por los posibles peligros que se despertaron.

He descartado la inútil necesidad de decirle algo a Papá. No sería justo que lo cargara con remordimiento por algo que ni siquiera sabe que pasó. Ni nada de lo que le advierta podrá poner freno a que vuelva a ocurrir.

A partir de ahora, cuando salgamos, el perro quedará en el piso de arriba. Esta y otras mil ideas cruzan mi cabeza a velocidad de vértigo. No las puedo parar. Como si hubieran estado esperando la oportunidad se abalanzaron. Algunos dramáticos, otros de menor intensidad pero inquietantes también, se arremolinan entorno a mi cabeza en una nube oscura de angustia y desazón.

He cerrado los párpados con la esperanza de hacerlos desaparecer en la oscuridad del dormitorio, pero parece haberlos enardecido más.

La angustia parece un desfile de carnaval donde los miedos pasan en enormes carrozas, saludando. La ira, disimulando, empuja hacia el abismo del futuro alejándome del acá. Ya estoy perdido, no hago más pié. Las aguas del miedo me arrastraron río abajo.

Me he ido del aquí y ahora. Estoy en la tierra del no es. En el único lugar donde el repugnante miedo repta alimentándose de lo que puede ser. El enemigo de la felicidad.

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Montevideo, que limpia te quiero.

Con la cantidad de basura que he visto desde que llegué a Montevideo, podría hacer una montaña más alta que la Sierra de las Ánimas; podría rellenar el mar sin necesidad de hacer las escolleras para el puerto de aguas profundas que tanto alboroto e indigestión le está causando a las gentes de Rocha. La ciudad parece un patio abandonado habitado por zombies roñosos que nada les importa el aseo ni la prolijidad. O lo disimulan muy bien.

Estamos en guerra entre los privados y los públicos que, como una torta con royal, han levado hasta hacerse con el poder. La pequeña masa de privados, víctimas de la mayoría aplastante (en sentido literario) de empleados públicos, ya no tienen más recursos que la resignación.

Fíjese, decía un señor el otro día, que el 85% de nuestros impuestos pagan la nómina de la intendencia y un raquítico 15% va para obras públicas. ¡Como no va a ser una mugre la ciudad!

-Es un mamarracho, antes las cosas no eran así- decía un vecino en la puerta de su casa agitando el brazo libre mientras con el otro, con una habilidad inescrutable, sostenía el termo y el mate.

– La gente no aguanta más tanto abuso- agregaba terminando con la boca en pico de pájaro buscando la bombilla que le esquivaba.

No sé ni porqué me preocupo. Si parece ser un problema sin solución. El que le prometa continuidad a los públicos seguirá en el poder sin que nadie le compita, y mientras les prometan van a tener que cumplir. Como dicen los españoles, es la pescadilla que se come la cola.

Es un sin sentido. Las minorías privadas tienen que sostener el empleo de las mayorías burocráticas del estado para asegurar un servicio ineficiente.

El sueño dorado de uruguayo medio, el empleo público, se ha transformado en el talón de Aquiles de la viabilidad nacional. Unos pocos laburan y pagan impuestos para mantener a inútiles crónicos que, atados a sus puestos, se niegan a asumir la realidad.

Imagínese, una señora jubilada, con ingresos reducidos, manteniendo al jardinero, la cocinera, la ama de llaves y a la limpiadora, herencia de las épocas pasadas, porque en su contrato había una cláusula de inamovilidad. Y para colmo el jardinero está en huelga por reclamos salariales, la cocinera está en huelga por reclamos de mejora en las condiciones de trabajo, la limpiadora ídem, y la ama de llaves no va desde hace tres meses por baja médica. Pero no puede echar a nadie ni reducir el presupuesto. – ¡que aumente los ingresos!- reclaman los afectados (afectados por un egoísmo institucionalizado disfrazado de comunismo anacrónico).

Con ese escenario el Uruguay comienza el nuevo siglo XXI.

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